Il tempio etrusco, 1973
Ernesto Montequin, Sudamericana, Buenos Aires, 2004

El Consejo Municipal de una ciudad de provincia decide construir un templo etrusco en la Plaza de los Caracoles. Ante la imposibilidad de encontrar mano de obra etrusca genuina, un joven telefonista llamado Atanassim tiene una idea genial: hacer pasar por etruscos a tres inocentes, famélicos negros. Entonces Atanassim es nombrado capataz de la obra, y con su mirada miope e indulgente vislumbra una gloria inmortal. Pero lo que empezó como una excavación inocua, pronto se transforma en un cráter amenazador, gracias a la colaboración de los desaforados negros-etruscos. Sin embargo, ningún infortunio parece detener a Atanassim: ha resuelto que el destino y la grandeza del hombre es construir, en tanto que la naturaleza tiende a destruir. Así, el caos se sucede con una comicidad frenética, y la edificación del templo va convirtiéndose en una lenta catástrofe que concluye con un descenso a los infiernos ?o más prosaicamente al centro de la Tierra?, mientras los bárbaros asolan la ciudad.

El templo etrusco no sólo es una sátira feroz que vuelve a recordarnos que lo ridículo y lo sublime son la materia de que está hecha la vida de los hombres, sino también un intento de devolver el relato a su forma más simple, y por ende más difícil: la narración vivaz y coherente de hechos significativos. Para ello, Wilcock despliega una vez más su destreza narrativa con una prosa de elegante terrorismo verbal, cuya gran precisión descriptiva no nos ahorra detalles sádicos, y aun atroces, pero tampoco atisbos de una belleza indómita. Para decirlo con palabras de su autor, esta novela es en el fondo, "una involuntaria alegoría de la dificultad, o mejor dicho de la imposibilidad de crear, hoy, mientras todo se derrumba a nuestro alrededor y nadie se molesta por salvar precisamente lo único que puede ser salvado".

Libertador, Buenos Aires, $5.-