Sudamericana, Buenos Aires, 2004

El título informa acerca de la materia engañosa que el lector encontrará. Una voz inocente y nueva describe -revela- la Buenos Aires del novecientos. Anuda ficciones, acumula chismes e intrigas, escenas de la vida cotidiana. El marco de referencia social se establece sin esfuerzo, por el tono, por los datos reales, por algún personaje que parece subalterno -el gato Menguante, por ejemplo- y que, sin embargo, una vez extendida la trama, adquiere su justa significación.
Estamos, pues, leyendo una novela "histórica", pero algo no encaja: no hay estereotipos, amoríos de personajes serios, chismes infamantes sobre el origen de un linaje o una alcurnia determinados. No, la luna francesa de Laforgue y la ciudad afrancesada por la mirada de damas y caballeros que la recorren, es un desierto, oculta caravanas de signos y símbolos. Tras la apariencia tranquilizadoramente "histórica", mejor dicho "epocal", la autora , pone en escena otra historia, otra conspiración, que el lector leerá anhelante, guiado por la misteriosa voz. Sí, tras el maquillaje de amenidad, la novela muestra su forma verdadera: un universo plástico observado desde una perspectiva rigurosa nos pone ante los ojos otra ciudad, deformada gracias a las estéticas vigentes -a las urgencias extremas de vanguardias errantes-, y Lunas eléctricas para las noches sin luna adquiere así el tamaño de la obsesión que la alienta y la contiene. En esta tercera novela sigilosa y llena de indicios se traza toda una cartografía de la ciudad nocturna.

Librerías Libertador
, Buenos Aires, $3.-